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Victoria Benedetto. Tangka: km 0

Estoy en el kilómetro 0 de la República Argentina, a metros del Congreso nacional, una zona que normalmente está en ebullición, pero que hoy vacía por el feriado me parece un lugar nuevo. No solo el hecho de que esté vacía me hace ver esas cuadras por las que camino de otra manera, también lo que descubrí hace un tiempo, y lo que me trajo hasta acá. En un departamento pequeño que se despliega en dos habitaciones llenas de libros y recuerdos, Victoria se dedica al Thangka, la pintura religiosa budista. Mientras espero a que ella baje a abrirme pienso en esos dos universos paralelos y cercanos: el del Estado, la rosca política, esa puesta en escena donde tratamos de organizarnos, no sin tironeos, para ir hacia algún lado mejor, y el de la rosca con la dualidad, el budismo, o uno de los caminos que cuestiona la ficción sujeto objeto, y te invita a pensar lo que percibimos como ilusorio.

Victoria me abre con una sonrisa, la cara fresca, sin maquillaje, enmarcada con una melena canosa que apenas le llega a los hombros. Subimos, arriba me espera con un té sobre una mesita de mármol blanco y redonda alrededor de la cual también se van a desplegar dos universos: uno habitado por deidades serenas y furiosas, cargado de simbolismos, y el de su propia vida entre dos orillas, la de Paraná y la de España, con una larga escala en Buenos Aires.

-Victoria, lo primero que te quiero preguntar es qué te hace salir de la cama a la mañana.

Yo soy muy alegre. Tengo un ímpetu muy fuerte y siempre estoy bien, nunca tengo una sensación de caída o de menos energía.

-Ya te levantas motivada?

Totalmente. Desde siempre.

 

-¿Y sos consciente de tener alguna motivación o no te lo preguntás?

Sí, soy consciente, comencé a percibir que tenía una motivación que iba más allá de lo conocido alrededor de los 26 años, cuando murió mi papá. Fue en una fiesta familiar, en el aniversario de casados de mis padres, él murió electrocutado delante de toda la familia, así que todos quedamos muy conmovidos, en shock. Pero sin embargo, yo también me sentía aceptando la muerte como si eso fuera algo conocido. Ahí me di cuenta de que tenía una motivación espiritual o como se pueda llamar…no le pongo título tampoco.


 -Que es lo que al día de hoy sigue siendo tu motor…

Sí. Totalmente.


 

-¿Y cómo pasaste de ese episodio a conectarte con el budismo?

Fue en el año ’86, yo vivía en Madrid, viajaba a Buenos Aires a ver a mi familia cada dos, tres años, y paraba en la casa de mi hermana Leonor. Ella tenía un profesor de yoga que le daba clases en su casa, y un día tomando un té después de sus clases nos dijo: “Chicas quiero que conozcan unos lamas” y yo pregunté: “¿Y eso qué es?”. Fuimos al Centro Cultural San Martín y ahí estaban en una presentación Drubwang Dorzong Rinpoche, Drugu Choegyal Rinpoche y Gerardo (Abud, instructor del centro de budismo tibetano Dogyuling) traduciendo, porque los lamas prácticamente no sabían hablar inglés en aquel momento y castellano menos, por supuesto. Hablaban tibetano. Cuando los vi tuve un impacto tremendo, sentí el amor y la alegría que ellos tenían y me dije: “Bueno, esto es por acá”. No me pregunté más nada más, me hice budista y tomé refugio sin saber lo que era el budismo, porque sabía que lo que representaban esos seres era la verdad: un amor incondicional. Me volví a España y ahí empecé a recorrer algunos centros de budismo tibetano.

-Lo hiciste más bien intuitivamente.

-¿Y con el arte cómo te fuiste conectando?

En realidad desde siempre, nací dibujando. En la escuela dibujaba y a los 12, 13 años me mandaron a una escuela, la N°10 de Martínez, los miércoles a la noche a un curso de dibujo artístico que era para adultos pero donde había dos adolescentes, un chico y yo. Eso me dio mucha fuerza porque veía que dibujaba muy bien y parecido a la gente adulta. Después entré a Bellas artes en la escuela Manuel Belgrano, y ya me largué a pintar. Me fue bien, hice varias exposiciones, hasta que me fui a vivir a España.

-¿Naciste en Martínez?

No, yo soy entreriana. Nací en Entre Ríos, en Paraná, y viví ahí hasta los 7, 8 años.

-¿Y en qué año te fuiste a Madrid y por qué?

Me fui al final del ‘76, el golpe de estado fue en marzo. Mi pareja era Director de Cultura en la provincia de Santa Fe en el momento que apareció la dictadura, llegó el ejército, sacó a todo el mundo a los empujones y eso lo impactó mucho. Entonces decidimos volvernos a Buenos Aires, pero acá no había posibilidades de un trabajo más o menos formal y nos fuimos. Allá comenzamos de vuelta, dejé la pintura y me metí en las marionetas para adultos y para niños, construyéndolas y manipulándolas, y en la charanga, que son orquestas de viento y percusión callejeras. Tenía muchas funciones… me gustaba estar en España, era una vida fácil para los creativos.



 -Pareciera un clima de mucha vitalidad ¿No? Tenías este grupo de marionetas en el que supongo trabajabas con otra gente.

Sí, sí, todo fue muy bien, además fue la época del destape español.

-Llegaste en ese momento de eclosión…

Sí. La gente relaciona la palabra destape con un destape de desnudos, pero lo que quería decir era “se destapó la olla”: después de 40 años de dictadura la gente estaba muy apagada y necesitaba ver una realidad mejor.

También fue un momento en el que llegaron muchos argentinos, muchos exiliados, que tuvieron un rol bastante importante: directores de teatro, actores, un shock. Coincidió que acá en el ‘76 comenzó una dictadura y allá se terminó. Y así fue durante 20 años.

-20 años. Un montón. Y te volviste…


Sí. Vivía sola con mis dos hijas adolescentes en pleno Madrid a unas cuadras de Sol cuando en algún momento llegó la heroína, y yo la percibí. Comencé a ver mucha muerte, mucha tragedia y me dije: “Por acá no es”.

-Todo se empezó a poner más oscuro ¿No?

Sí, por lo menos para mí.


-Me estaba imaginando imágenes muy coloridas y de repente cuando nombraste la heroína se puso todo en blanco y negro …

Y sí, en Sol, por ejemplo, había una calle medio escondida donde había drogadictos que se morían, pasabas y escuchabas quejidos, lamentos… Yo me había separado, el papá de mi hija mayor ya se había vuelto acá y el de la menor se había ido a Perú, ellas estaban creciendo y yo estaba sola, así que me dije “No, yo no voy a poder.”

-¿En qué año te volviste?

Vine varias veces, pero definitivamente para el 2000, y empecé a trabajar en un estudio fotográfico.



 -¿Y cómo empezaste a pintar Thangka?

Sin darme cuenta y sin ponerme a pensar “bueno, voy a pintar un buda”. Nunca lo  conceptualicé.                     

En el 2003 volví a Dongyuling, el centro donde estaba Gerardo Aboud, a quien había conocido en el año ’86. Me acuerdo que lo llamé a un número de teléfono que tenía anotado en una agenda de papel. Ahí en algún momento escuché que había un profesor que enseñaba a hacer thangkas en Córdoba y entonces le pregunté a la persona que lo acababa de decir si tenía el teléfono. Me dijo que sí y me lo dio, era enero del 2006 y yo dije: “bueno, le llamo después del verano” y cuando llamé en marzo me atendió  una persona y me dijo que el profesor había fallecido en febrero, así que nunca aprendí, pero él me trajo unas hojas que tienen una cuadrilla para establecer la imagen y que después me sirvieron.

-O sea que nunca tomaste clases, tu aprendizaje fue autodidacta …

No, nunca. El primero que pinté se lo mandé a Gerardo para ver qué opinaba y él me dijo que no cambie nada, me dijo “El mudhra es así, no es así”, nada más. Empecé y no paré más.

-¿Llevan mucho tiempo, no?

Como dos, tres meses cada una, porque tienes que hacer la cuadrilla, luego hacer el dibujo dentro de la cuadrilla y después pasarla a un papel original. Yo trabajo sobre papel, pero las thangkas tibetanas son sobre telas de algodón. Se trabaja medio como en meditación, de ahí que tampoco puedo trabajar más de dos horas, tres a lo sumo, porque me canso, no tengo la capacidad de quedarme más tiempo.


 

-Me gustaría que pongas esto en contexto para la gente que no conoce el thangka

Es un lenguaje en el que nada de lo que hay está de más, y una característica principal es que tiene una proporción precisa, por eso te dan una cuadrilla. La imagen humana de un buda o de un Bodhisattva está plasmada generalmente sobre un fondo que sería la representación de los fenómenos, entonces la proporción que hay entre el fondo y la figura sería la proporción exacta que hay entre la naturaleza esencial y la naturaleza de los fenómenos. Los elementos de los fenómenos son agua, tierra, fuego, las emociones están representadas expresadas por el fuego, el agua es la ignorancia, el amarillo es la tierra, el verde el prana y todo tiene un trasfondo que es la naturaleza esencial.

-Es una relación entre la naturaleza fenoménica y la naturaleza búdica?

Sí, pero es todo la misma naturaleza absoluta. No hay dos porque cuando nosotros dividimos yo y el paisaje estamos incurriendo en la dualidad y lo que se expresa en estas imágenes es la integridad entre el ser, que en este caso sería un buda, y los fenómenos, o sea el paisaje, hay un entretejido entre lo fenoménico y la naturaleza esencial.

-No es una pintura que quiere expresar el ego, sino que el ego tiene que ser como un canal de transmisión en que vos en un estado meditativo comunicás la no dualidad pero no comunicás tu estado?

Claro, porque si tu manifiestas tu propio ego te vas a la expresión, esto tiene un objetivo diferente de lo que puede ser una pintura de Jackson Pollock. Es como cuando tú haces una práctica de meditació: quietud del cuerpo, los ojos abiertos, todos los sentidos expandidos para no rechazar nada, para que tú veas el ego cuando empieza a hablar pero no te vayas con él.

-Como un espectador de tu ego.

Exacto, cuando tú pintas o dibujas tu necesidad de expresión no es egoíca, importa lo que va surgiendo a través de esa meditación. Hay que tener una técnica también, saber dibujar…los japoneses trabajan con paisajes y es exactamente la misma postura, la misma necesidad de no intervenir porque si intervienes estás firmando y diciendo “aquí estoy yo”. Es un lenguaje de transmisión, si yo recibo una plegaria o un mantra no puedo cambiar las letras o las sílabas a mi gusto.

 

 

 


-Pero inevitablemente las herramientas que tenés para transmitir van a ser únicas, no lo podes evitar…

Sí. Generalmente a mi me resulta necesario abrir los espacios, porque si no como que me ahogo. Yo vivo acá en Congreso donde hay un tumulto impresionante, y me imagino que eso es una influencia para que yo necesite espacios, hacer una thangka atiborrada de cosas no puedo. En Tíbet, que estaban en una planicie allá arriba, despojada, a lo mejor necesitaban que sean más barrocas, en mi caso yo necesito sacar.


-Me dijiste que habías crecido en Paraná y me preguntaba si pensás que hay algo de esa primera infancia que se filtra en tus thangkas

Sí, sí. Yo crecí muy cerca de las barrancas, un espacio espectacular en donde se te iba la vista, me acuerdo de noche inclusive ver al fondo las islas, alguna lucecita…Nací en una calle empedrada de casas bajas donde el sol pegaba por todos lados, en los frentes de las casas de enfrente por ejemplo, y para mí era maravilloso…cuando caminabas era todo abierto. Es lo que recuerdo, no sé si coincide con la realidad…


 

-¿Qué otras cosas pensás que te pudieron haber influido?

Creo  que el modo que tuve de ser de niña, una persona solitaria y quieta, muy espectadora. Los fines de semana mi mamá nos llevaba a visitar a mi abuela, en una casa sobre una calle con veredas muy anchas a donde los niños salían a jugar. Era aquella época donde nos bañaban a la tarde y nos ponía ropa para salir, pasear, pero yo me sentaba en un asiento de plaza que tenía un médico que vivía dos casas más allá y no intervenía en el juego. Mi hermana Leonor con una prima jugaban, yo observaba. No me sentía rechazada ni excluida. Era una elección que tampoco se interpretaba como algo negativo en casa.

– Como si ya hubieras tenido de niña esa actitud fundamental en el budismo de poder observar el juego ¿No? La observación de la ficción y percibir que nada tiene una realidad intrínseca.

-Querés contarme algo más?


Que este lenguaje es lo más fuerte que yo he descubierto, que tiene una fuerza que no es conceptual sino a nivel sensitivo, que se percibe con el cuerpo. No puedo hablar del dibujo o de la calidad de la pintura, no hay nada de eso. Lo que hay es un lenguaje y  cuando tú me preguntabas ¿Qué te levanta de la cama? Expresarlo es lo que me mueve…


 

 

 

 

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